

El reino de Ada (Continuación)
Cada vez que quería salirse con la suya, hacía acopio de unos argumentos, por absurdos, imposibles de rebatir ni discutir.
Las manías de Ada podían contarse, o no podían, por miles como las estrellas.Toda su vida, todos sus movimientos y sus palabras parecían no tener hilatura común con la del resto de los mortales.Su centro de gravedad vital radicaba en otro mundo, en otras leyes que ninguna concomitancia podían compartir con la lógica y la realidad cotidiana de los demás.
Quizá por eso cuando Ada se movía, ponía en marcha a todo su alrededor un universo extraño, misterioso, mágico, prometedor, que a todos nos seducía y a los más nos gustaba contemplar, respirar o participar , de la misma manera que nos encantaba inhalar la intensa actividad, los olores, cuidados, preparativos y resultados de su alquimia culinaria, aprendida, según decía, de forma autodidacta, inconcreta, inmaterial y exquisita.
La casa Amarilla era la fachada más solemne y ancha de toda la calle Leñadores y debía su nombre al color que lucían los marcos de sus puertas, dos, y sus ventanas, nueve en la fachada, seis en la planta de arriba y tres en la de abajo, que el anterior dueño de la casa había querido destacar en ese controvertido color.Al tio Helio le gustó o no quiso ocuparse de un cambio por lo que ese tono se había convertido en el santo y seña de la enorme vivienda, de forma que hasta la correspondencia casi nunca venía a Leñadores siete, sino a la casa Amarilla y el cartero, cualquiera que fuera, no dudaba en la ubicación de la misma.
Ada disponía los últimos detalles del desayuno con un pañuelo rojo de topos blancos cubriéndole la melena rizada y negra.Debía tener pañuelos de todos los estilos y colores y coquetonamente los cambiaba cada mañana antes de empezar a trajinar en la inmensa cocina.
Esa estancia era para Ada su verdadera casa, por eso cada vez que deseábamos acogernos al calor de ese hogar suyo, ella lo defendía a capa y espada, con un celo nada disimulado, férreo e inapelable.Era su santuario y si era que no se podía estar es que no se podía.
A mí, por ser una niña, pequeña y regordeta, que agradecía infinitamente cualquier migaja, trozo de cariño o mirada de ternura, me dejaba estar alguna que otra vez asomada a sus misterios, callada y hecha luz de gas para hacerme invisible ante sus ojos.Hasta que me advertía y entonces se acababa mi suerte y me mandaba fuera sin mucha mano izquierda dándome si acaso un finiquito en forma de gajo azucarado de naranja.
De esa forma, entre las palabras extrañas que escuchaba en Ada y que me transportaban al reino de la imaginación más permisivo y las conjeturas estériles acerca de lo que estaría haciendo y de qué manera, más la opaca resistencia a que permaneciera mucho rato en su santa cocina, ésta se me antojaba como una cueva de Alí Babá y los cuarenta cacharros, mágica y maravillosa, donde podían ocurrir toda suerte de hechizos y crearse las ambrosías y elixires más sublimes.
El único consuelo que tenía era que Helio, mi tío y dueño de la casa, tampoco gozaba de mucho privilegio en este sentido y si se le ocurría pasar por la cocina más de dos o tres veces al día, Ada se ensañaba con él amenazándole con irse por donde vino y primero paz y después gloria y...El tío Helio salía despavorido y deshaciéndose en disculpas hacia otro lugar más acogedor de la casa mientras Ada retomaba su canción justo justo donde la había dejado, "adoro la seda de tus manos, los besos que nos damos, los adoro, vida miaaaaaa".